martes, 4 de marzo de 2008

...A la bruja que me alcanzara la sal, mirábamos patinando. Le arrebaté el salero de la mano, y no me dió mala suerte, esa noche no ronqué.


Burbrujas.

Y si la mayor de las veces al finalizar el día resollo entre sueños, no me culpen. Es sólo una defensa...un artilugio, un gran invento para que mis ruidos sean más fuerte que sus quejidos, que su tedioso lamento.

Entre tironeos y altercados cada uno grita y ninguno reconoce sus pecados. Pero para que luchar contra la corriente si la podredumbre es inminente.

A esta altura de la vida quien no soporta otra cachetada. Si es un hecho que, al igual que la sódica sustancia, la suerte ya está echada. No nos debemos delicadezas, se acabaron las proezas para lograr una relación civilizada.

Y derepente un día llega la calma. No se enfrentan en la mesa ni una mirada ¡ni una aspereza!. Sólo callados, frente al cuadrado aparato, observamos las ajenas bajezas...e irónicamente nos llena una sensación de oscuro vacío que, qué más dá, ya ni siquiera nos aqueja.

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